¿Tanto hemos cambiado?

¿Cuándo fue la última vez que compré un periódico en papel? O ya puestos, ¿cuándo fue la última vez que compré un periódico de cualquier tipo? Me suelo quejar de que la información que se nos proporciona cada día es de peor calidad, pero ¿antes era de mejor calidad? Es un tema de debate recurrente, y ahora no estoy para entrar en eso.

En estos seis lustros, a la fuerza, hemos cambiado nuestras costumbres, no sólo forzados por la edad, sino también porque la sociedad ya no es la misma. No había teléfonos móviles (bueno, había, claro, pero su uso no se había extendido tanto todavía), y eso seguramente lo cambiaba todo. Quedabas con la gente llamando a un número de teléfono de una casa; salías de casa y estabas completamente incomunicado a menos que te diera por llamar desde una cabina. Incluso te ibas de viaje y tu familia debía esperar a que dieras señales de vida desde donde sea.

Una conferencia telefónica costaba una cantidad significativa de dinero, y ya no hablemos una conferencia internacional. Enviabas una postal, o escribías una carta. Esa era nuestra mensajería entonces. Esperar varios días para poder leer esa postal o esa carta era lo más normal. Eso cuando no se perdían, claro.

Por entonces los curritos utilizábamos los últimos vehículos sin aire acondicionado de serie o sin airbags, algo que ahora sería impensable, aunque alguno que otro se sigue viendo por esas carreteras como una rareza.

Y se pagaba más con dinero en efectivo, aunque las tarjetas de crédito o débito estuvieran a la orden del día. Ahora cualquiera va y paga un café con tarjeta, pero eso es algo que en 1997 no se te pasaba por la cabeza.

Y se iba más al cine, aunque hubiera vídeos y empezaran a aparecer los primeros modelos de DVD. Entonces éramos socios de un videoclub de barrio, o del Blockbuster, más sofisticado. Rebobinábamos aquellas cintas VHS usadas una y otra vez por gente que sistemáticamente las devolvía sin rebobinar, para al final acabar viendo una película con una calidad más que dudosa. Hoy todo es streaming, archivo y online, y los televisores son panorámicos, con una resolución tremenda y un tamaño aún más tremendo. ¿Así quién va a querer meterse en una sala de cine para ver una película con un tipo comiendo pipas al lado y unos críos montando jaleo tres filas más atrás?

Gastábamos un carrete de fotos, normalmente de veinticuatro o treinta y seis, lo mandábamos a revelar y nos aguantábamos con lo que obteníamos, porque aquello que queríamos retratar, ese cumpleaños, esa novia en la playa, ese viaje, ya había pasado, y aquellas fotos, buenas o malas, era cuanto nos quedaba para el recuerdo. Muy pronto después de aquello, al empezar la década de los dosmiles, se popularizaron las cámaras digitales, y el carrete analógico fue desapareciendo de las casas y se quedó para uso de profesionales y artistas de la fotografía.

Con todo, las casas empezaron a parecer museos de la tecnología obsoleta. ¿Quién no guarda un radiocassette, un walkman, un diskman, un vídeo VHS, un reproductor de DVD, algún reproductor de mp3…? Aparatos que ya no se usan, que nadie quiere, pero que en su día costaron su buen dinero y muchos se resisten a tirar.

Me centro demasiado en la tecnología, lo sé, pero es que la parte que más me interesa, el cuánto hemos cambiado como sociedad, como individuos a lo largo de estos años, cómo han cambiado el pensamiento, la ideología, las preocupaciones cotidianas, el sentir sobre nuestro propio papel en la sociedad, todas esas cosas, son las que más me cuesta recordar o describir. Por lo tanto, y sin mucha esperanza de recibir un gran número de respuestas, dejo abiertos los comentarios en esta entrada para que cada cual aporte lo que mejor le parezca sobre el tema.

2 opiniones en “¿Tanto hemos cambiado?”

  1. Los viajes, eso sí ha cambiado tela. De pequeño recuerdo que me parecían una rareza las vacaciones, en mi entorno no era habitual y lo hacían pocas familias. Eso se ha «democratizado» y cualquiera se coge un avión cada poco para irse a dónde haga falta.

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