Hoy, Domingo de Ramos, creo que sería interesante traer a colación el episodio de las «carreritas» de la madrugá del viernes santo del año 2000. Aquella noche todavía es objeto de estudio por parte de la policía, los cofrades y los sociólogos, y también fue uno de esos momentos que marcaron un antes y un después en las habituales celebraciones masivas que se celebran en Sevilla. Creo que aquel día se perdió para siempre la típica ingenuidad sevillana de que aquí nunca pasaba nada, de que la gente se sabía comportar y de que medio millón de personas apelotonadas en las calles del centro no significaban ningún riesgo para la seguridad de esas mismas personas.
Hay quien achaca aquellos sucesos a la película Nadie conoce a nadie, estrenada poco antes, y que personalmente me pareció un poco mediocre, pero nada digno de la feroz crítica que suscitó en la ciudad. Pero pasemos a los hechos en sí, que en realidad pocos conocen, incluso en la misma Sevilla, e incluso dentro del mundillo cofrade:
La única mención a un causante de las «carreritas» se encuentra en el informe de la policía local, que después de una breve persecución a pie detuvo a un individuo que al parecer amenazaba con un cuchillo de grandes dimensiones a la gente. Lo del cuchillo no acabó de confirmarse, pero el tipo sí recibió una paliza por parte de la policía, que lo redujo con inusitada violencia. De noche, en unas calles estrechas, atestadas y donde nadie sabe lo que pasa cinco metros por delante, una carrerita de alguien, unos gritos, un amago de desorden de cualquier tipo, pueden hacer que la gente entre rápidamente en pánico, y la cosa se amplificó entre una calle y otra, generando lo que hoy conocemos como las «carreritas». Si alguna vez habéis disfrutado de una bulla de semana santa en Sevilla, comprenderéis de qué hablo.
En los minutos siguientes, los rumores, los bulos y las versiones contradictorias se extendieron por toda la ciudad, de boca en boca, o de móvil en móvil. En lugares alejados de lo que podría considerarse el punto cero se produjeron nuevas carreras, alborotos, descomposiciones de cortejos, gente protegiéndose de la estampida en la plaza de La Campana con sillas, y el patrón siempre era el mismo: gente que huía de algo que no sabía precisar qué era, o simplemente porque también otros lo hacían. Que no se matara nadie durante aquellas estampidas habrá quien lo califique de milagro y no sin razón.
Desde entonces han vuelto a producirse estampidas de este tipo en 2005, 2009, 2015 y 2017, que se sepa. Las medidas de seguridad se incrementaron en la madrugá, y la policía estableció lo que podrían llamarse cortafuegos para impedir la propagación de estampidas. Se establecieron rutas de evacuación, y se limitó el aforo en algunas calles. La madrugá que conocimos ya nunca volvió a ser la misma. Ahora ya éramos como La Meca o como Benarés. Nos habíamos hecho adultos de repente.