Las «carreritas»

Hoy, Domingo de Ramos, creo que sería interesante traer a colación el episodio de las «carreritas» de la madrugá del viernes santo del año 2000. Aquella noche todavía es objeto de estudio por parte de la policía, los cofrades y los sociólogos, y también fue uno de esos momentos que marcaron un antes y un después en las habituales celebraciones masivas que se celebran en Sevilla. Creo que aquel día se perdió para siempre la típica ingenuidad sevillana de que aquí nunca pasaba nada, de que la gente se sabía comportar y de que medio millón de personas apelotonadas en las calles del centro no significaban ningún riesgo para la seguridad de esas mismas personas.

Hay quien achaca aquellos sucesos a la película Nadie conoce a nadie, estrenada poco antes, y que personalmente me pareció un poco mediocre, pero nada digno de la feroz crítica que suscitó en la ciudad. Pero pasemos a los hechos en sí, que en realidad pocos conocen, incluso en la misma Sevilla, e incluso dentro del mundillo cofrade:

La única mención a un causante de las «carreritas» se encuentra en el informe de la policía local, que después de una breve persecución a pie detuvo a un individuo que al parecer amenazaba con un cuchillo de grandes dimensiones a la gente. Lo del cuchillo no acabó de confirmarse, pero el tipo sí recibió una paliza por parte de la policía, que lo redujo con inusitada violencia. De noche, en unas calles estrechas, atestadas y donde nadie sabe lo que pasa cinco metros por delante, una carrerita de alguien, unos gritos, un amago de desorden de cualquier tipo, pueden hacer que la gente entre rápidamente en pánico, y la cosa se amplificó entre una calle y otra, generando lo que hoy conocemos como las «carreritas». Si alguna vez habéis disfrutado de una bulla de semana santa en Sevilla, comprenderéis de qué hablo.

En los minutos siguientes, los rumores, los bulos y las versiones contradictorias se extendieron por toda la ciudad, de boca en boca, o de móvil en móvil. En lugares alejados de lo que podría considerarse el punto cero se produjeron nuevas carreras, alborotos, descomposiciones de cortejos, gente protegiéndose de la estampida en la plaza de La Campana con sillas, y el patrón siempre era el mismo: gente que huía de algo que no sabía precisar qué era, o simplemente porque también otros lo hacían. Que no se matara nadie durante aquellas estampidas habrá quien lo califique de milagro y no sin razón.

Desde entonces han vuelto a producirse estampidas de este tipo en 2005, 2009, 2015 y 2017, que se sepa. Las medidas de seguridad se incrementaron en la madrugá, y la policía estableció lo que podrían llamarse cortafuegos para impedir la propagación de estampidas. Se establecieron rutas de evacuación, y se limitó el aforo en algunas calles. La madrugá que conocimos ya nunca volvió a ser la misma. Ahora ya éramos como La Meca o como Benarés. Nos habíamos hecho adultos de repente.

Una casa en las afueras

Igual que Merryl Streep en Memorias de África, yo podría empezar esta entrada contando así, con voz melódica, casi susurrando, aquello de: «Yo tenía un piso en Coslada, al pie de la salida de la M40…»

Como he contado en entradas anteriores, vivíamos en aquel pisito que ni siquiera era nuestro, que era del Santander, donde nunca daba el sol (Qué habilidad tienen en Madrid para que en los pisos de los tiesos nunca dé el sol) y que nos costaba casi las dos terceras partes de nuestra hacienda, lo que nos dejaba para comer, para pañales y poco más. Éramos felices, sí, pero a pesar de todo esto.

Para más inri, recién llegados a aquel bloque, una reunión de vecinos me declaró presidente de la comunidad, supuestamente porque me tocaba. Una comunidad de 40 pisos donde lo habitual además era la derrama. En el par de años que pasamos allí no hubo mes en el que no hubiera que pagar una derrama para algo, lo cual no deja de ser irónico si tenemos en cuenta el estado de degradación en el que encontramos el bloque, su entorno y en general todo el barrio cuando en 2019 nos dio por darnos una vuelta por allí para recordar viejos tiempos. Según nos contaron algunos vecinos se habían producido hasta tiroteos dentro del bloque. Supongo que tuvimos buen ojo para irnos antes de que todo se fuera a la mierda. O buena suerte, a saber.

Ser presidente de un bloque de viviendas grande es una de esas cosas que te puede dejar un síndrome de estrés postraumático como si hubieras estado en Vietnam armado sólo con un tirachinas. El constante ir y venir de vecinos a la hora de la comida, a la hora de la cena, A LA HORA DE LA SIESTA, a decirte que «es que hay una bombilla fundida en el cuarto piso, para que la cambies», y estupideces similares era algo de lo que todavía no me he repuesto, y va para veinticinco años que salimos de allí.

Por eso, cuando dos días después de aquel día tremendo del 11 de septiembre de 2001 me dieron mi papel de traslado a Sevilla, lo tuve claro desde el primer momento:

«-A Dios pongo por testigo, aunque tenga que robar o matar, a Dios pongo por testigo que jamás volveré a vivir en un piso.»

Y exceptuando algunos meses que estuvimos en un piso de alquiler para ir buscando una residencia definitiva, ese juramento se ha cumplido. Siguiendo la tónica social del matrimonio bien colocado, con posibles aunque pocos, decidimos reinvertir las cuatro perras que sacamos por el piso de Coslada en meternos en una casita que encontramos en un pueblo de los alrededores de Sevilla, donde todavía seguimos y de donde he jurado varias veces que me sacan con los pies por delante, porque éste que escribe no piensa mudarse de nuevo nunca jamás de los jamases.

Vivir en una casita en las afueras (esto, claro, no son las afueras: esto está a tomar por culo de las afueras, pero dejadme con mi lírica) tiene sus pros y sus contras. La sociedad de los pueblos es más acotada, pero conoces a más gente, y ninguno de estos hechos antedichos debe tomarse como un «pro» a priori. Mi escaso interés en entablar relaciones sociales hace que en ese aspecto me dé un poco igual vivir aquí, en el centro de Sevilla o en la cima del Annapurna. La mayor interacción social tiene sus ventajas, no lo niego, pero también muchos inconvenientes. Una vez, mi señora comentó: «-Aquí todo el mundo se sabe la vida de los demás, y lo que no saben, se lo inventan». Gran verdad.

En otra ocasión, si es que me entran ganas de ello, podría hablar de ese elefante blanco que es la política local en los pueblos, donde un alcalde es prácticamente un pequeño dictador que hace y deshace a su antojo y donde al adversario político se le puede negar el pan y la sal, hasta el punto de tener que renunciar a cualquier beneficio social que el ayuntamiento pudiera aportarle si no es de la misma cuerda del que manda, o de la doble vara de medir a la hora de hacer cumplir o no las ordenanzas municipales. Pero como digo, dejemos eso para otro día.

Porque sí, amigos, yo he venido aquí a hablar de los «pros». De la comodidad de una casa grande, sin vecinos arriba o abajo, sin pagar comunidad ni derramas, donde tú decides qué se hace y qué no en tu propia casa. Eso, iba a decir que no tiene precio, pero en realidad pecaría de iluso si lo dijera. Aparcar tu coche en la puerta o a menos de veinte metros de ella también es algo que cualquier madrileño o incluso sevillano de capital podría llegar a valorar. Cuántas veces habré tenido que hacer memoria de dónde cojones había tenido que ir a aparcar el coche el día anterior cuando vivía en Madrid. No importa si de cuando en cuando se va la luz, o si alguna que otra vez nos hemos quedado sin agua, o el tener que hacer un montón de kilómetros para ir al trabajo o para ir a estudiar. Todo lo compensa el no vivir en un piso.

La gente rara

Algo realmente bueno que tiene el hacerse mayor (ciertamente, algo tenía que haber) es la capacidad de poder elegir con qué gente te relacionas y, sobre todo, con qué gente no. Una de mis frases favoritas desde hace tiempo es: «Bueno, he vivido 57 años sin tener nada que ver contigo; podría fácilmente vivir otros 57 así». No quiero decir con esto que con la madurez haya caído en la misantropía. No, yo ya había caído en la misantropía cuando era jovencito. La verdad, es un gran alivio no tener que ver a gente que te desagrada, y sobre todo no tener que ir a sitios a los que no quieres ir. Tanto es así que algunas veces me pregunto por qué nos vemos sometido a tantos compromisos. Al final se trata de una decisión personal: mantener tu vida social a toda costa o renunciar a una parte de ella para hacer sólo lo que realmente quieres hacer.

A lo largo del tiempo he conocido gente muy, muy rara. Son ejemplares que desafían la tónica general, que se salen de lo común, casi nunca para bien, tengo que decirlo. Desde el integrista católico hasta la militante del Grapo, pasando por una pléyade de presuntos intelectuales y personajes que sólo saben hablar de sí mismos y sus interminables problemas. Son pocos si los comparamos con el total de gente que uno llega a conocer en la vida, pero generan un ruido de fondo que estropea la melodía.

Todavía recuerdo a aquel arqueólogo que reunía en su persona los peores «ista» con los que se pueden definir a una persona, entre los que destacaban, por supuesto los de machista y egoísta. ¿Por qué tenía que sufrirlo? Pues porque estaba pegado al grupo de amigos con los que salía como un moco seco se pega a una nariz. O aquella mujer que era incapaz de dejar de hablar y a la que yo llamaba para mis adentros «la ametralladora», porque era como una ráfaga de MG-42 que no te dejaba levantar la cabeza y a la que no se le acababa nunca la munición. Para todo tenía un opinión, la señora, y la suya siempre era la buena. Como se suele decir ahora, era gente que te estropeaba la experiencia, y allá donde debías haberlo pasado bien, lo acababas recordando como un suplicio en el que no veías la hora de irte.

Tampoco quiero que penséis que he venido aquí a hablar mal de nadie. Ya me cuidaría yo de dar nombres, incluso en el caso de que me acordara de ellos. Sólo quería desahogarme un poco y largar fiesta sobre ese tipo de gente insoportable. Que sí, que yo seré muy probablemente el insoportable de alguien, pero oye, que con no verme ese alguien tiene bastante.

En fin, qué os voy a contar. Ayer mismo alguien me comparaba con el Probe Migué, que hase musho tiempo que no sale. Bueno, comprendo perfectamente al Probe Migué, quien seguramente lo único que quiere es que le dejen tranquilo.

Comentarios abiertos para que también vosotros podáis largar fiesta sobre la gente a la que no aguantáis.

Madrid

He vivido en Madrid durante un buen montón de años, casi una década. Allí alquilamos nuestra primera vivienda, luego compramos nuestro primer piso, y allí empezamos a vivir realmente como adultos independientes. Sin embargo, yo no puedo decir que le tenga cariño a Madrid, ni que añore los años que pasamos allí. Y esto no quiere decir que lo mío sea «madrifobia», «madrileñofobia» o cualquiera de los nuevos palabros inventados para denostar esa pobre ciudad destruida y a los que tratan de sobrevivir dentro de ella.

No. Yo fui en primer lugar a Madrid por razones de trabajo. No creo que haya mucha gente que, puestos a elegir y sin un apego previo por nacimiento o familia, decida irse a vivir a Madrid. Y por trabajo conocí un Madrid que lo mismo no se parece mucho al que ven los turistas: el Madrid de las galerías de servicio, de las carboneras en semisótanos de bloques de antes de la guerra, de los barrios obreros de la periferia y sus bares tempraneros. El Madrid de los noventa, porque allí pasé casi toda aquella década.

Recuerdo como si hubiera sido ayer cuando pisé Madrid por primera vez. Subí a un taxi con una dirección apuntada en un papel, y el taxista, hombre amable donde los haya, me enseñó Neptuno, la Cibeles, la Puerta de Alcalá, de nuevo la Cibeles… Yo asistía encantado a la ruta turística, porque ciertamente, me faltaban la gallina y el queso para ser el arquetipo del cateto recién llegado a la capital. Mi improvisado guía turístico no me enseñó la Puerta del Sol, imagino que porque se le olvidaría o porque le estaban esperando para cenar, pero se lo perdono. Los nombres de avenidas, calles y plazas de los que había oído hablar desde siempre, los edificios imponentes, el tráfico de vehículos y de gente, todo me parecía fascinante. Entonces no sabía que Madrid me acabaría desagradando tanto.

No es culpa de la gente, por supuesto. Madrid impone un ritmo de vida que para mí es insufrible, con esas prisas que se contagian. Cuando volvía de vacaciones siempre me decía: «voy a resistirme a las prisas de esta gente», pero era imposible; a los dos días ya estaba acelerado como el que más. ¿Por qué esas prisas? Nunca lo he acabado de entender. Incluso, años después, al volver de visita o por algún tema de trabajo puntual, al pasear por la ciudad sentía de nuevo esa punzada de ansiedad, ese apretar el paso para no perder el ritmo de los demás.

Como digo, conocí un Madrid poco parecido al Madrid turístico, y sin embargo al marcharme había dejado sin visitar muchos de los lugares emblemáticos que siempre tienen en la puerta una cola de turistas. No me importa, la verdad. Además, cuando vivíamos allí siempre estábamos tan justos de dinero que no teníamos más que para ir tirando. No nos quedaba dinero para excentricidades como salir a comer fuera o hacer turismo.

Pagábamos por nuestra primera hipoteca la friolera de 95.000 de las antiguas pesetas, alrededor de 570€, pero claro, de eso hace más de veinticinco años. Incluso ahora, la hipoteca que pagamos es menor de esa cifra. Supongo que ahí se fueron todas las cenas en restaurantes, visitas a museos y caprichos que deberíamos habernos dado cuando éramos jóvenes. Todo se lo quedó el Santander.

Y aunque en el madrileño típico hay un cierto esnobismo, un je ne sais quoi de superioridad sobre la gente «de provincias», un marchamo de españolidad de primera clase, también es verdad que todo esto no es más que un tópico, porque luego resulta que hay gente para todo, y que la mayor parte de la gente, imagino, se conforma con sobrevivir a la vorágine como hacía yo cuando vivía allí.

Las cosas que se hacen por primera vez

Hacerse mayor es un hecho que suele darse rodeado de experiencias no demasiado agradables. Uno puede asistir con mayor o menor resignación al declive físico, a la inevitable pérdida de la belleza de la juventud (quien la tuviera, claro; nunca he sido un Adonis, precisamente), a los achaques y dolores que poco a poco nos van minando la salud y la moral…

Pero seguramente lo que peor llevo es la pérdida de la fascinación por las cosas que se hacen por primera vez. Esa fascinación de cuando viste por primera vez esa película, la que más te gusta del mundo, de cuando probaste ese bocado exquisito, ese sabor nuevo, de cuando experimentaste el amor del padre que ve por primera vez a su hijo recién nacido, de cuando leíste esa novela que puedes casi recitar de memoria.

Mucha gente podría pensar al leer esto en la fascinación por la primera vez haciendo el amor, aunque todos los estudios aseguran que la primera experiencia casi nunca es la más memorable, aunque sí pueda ser la más entrañable. Bueno, cada cual con sus vivencias en este tema.

Con frecuencia he fantaseado con la posibilidad absurda de que puedan borrarle a uno el recuerdo de aquello que tanto le gustó para poder experimentarlo de nuevo por primera vez. Parecerá, y seguramente lo sea, una tontería, pero ¿qué no pagaría por volver a tropezar casi sin darme cuenta con aquella escultura de Bernini que hizo que se me saltaran las lágrimas espontáneamente? ¿Qué, por poder leer de nuevo «por primera vez» La Regenta, El Conde de Montecristo o Tuareg? Todo esto, claro, nos conduciría a un futuro distópico en el que la gente gastaría su patrimonio para poder revivir una y otra vez sus primeras experiencias, seguramente sin la seguridad de que éstas fueran tan satisfactorias y definitorias como las originales. No, mejor dejar los inventos aparte, o que estas cosas se inventen cuando ya estemos cómodamente muertos, y que otra generación se haga cargo de ese problema, que nosotros ya tenemos los nuestros, y no son pocos.

Se dice que somos la suma de nuestras experiencias vitales, así que tampoco hay que convertir esto en una renuncia de las mismas en favor de una nostalgia mal entendida, pero sí es verdad, al menos para mí, que a medida que cumplo años es más difícil que algo me cause esa fascinación, esa sorpresa por lo inesperado, el subidón de saber que estás viviendo algo nuevo que te va a marcar. Todavía no estoy allí, pero vislumbro tal vez el hartazgo del anciano que ya está de vuelta de todo, que considera que ya ha visto lo que tenía que ver, y al que el mundo empieza a dejar de parecerle interesante y empieza a verlo irritante e impertinente.

Y a ti, ¿cuáles son las cosas que te gustaría volver a hacer por primera vez?

Explotaviones

-Ya estoy harto de los explotaviones.

Era una tarde de finales del verano de 2001, y mi señora y yo mirábamos la televisión sin darnos cuenta siquiera del tiempo que pasaba. Una y otra vez las mismas escenas. Una y otra vez aquellos aviones enormes empotrándose dentro de aquellos rascacielos enormes, entrando en estos como si fueran edificios hechos de mantequilla, y ellos una especie de cuchillos voladores con alas. Luego, por el otro lado de los edificios, la física ponía en orden aquel contrasentido, expulsando una bola de fuego y escombros digna de un estudio de efectos especiales para una película de acción o de guerra.

Los comentaristas, reporteros, asesores, tertulianos… se diría que hasta el de la contrata de limpieza de los lavabos de la televisión tenía algo que decir al respecto, pero nosotros, salvo algún comentario que otro, estábamos callados. Yo diría que paralizados. Mecánicamente habíamos recogido al niño «mayor» del colegio, y al menor de la guardería. A este último ya con un poco de premura, tras conocer que otro avión se había estrellado contra el Pentágono. Con la base de Torrejón al lado, mi opinión era que, en fin, mejor juntitos por si pasaba lo que fuera.

«-Esta no es la odisea espacial que nos habían prometido», pensaba una y otra vez mientras tomaba café espantado delante del televisor. «-Nos vamos a ir todos a la mierda» también era un pensamiento recurrente durante toda aquella tarde y noche. Pero quien mejor expresó su opinión fue mi hijo mayor, quien con cuatro años a punto de cumplirlos, nos dijo:

«-Ya estoy harto de los explotaviones.»

Nos reímos, claro, porque era una de sus ocurrencias, y solía tener salidas como esa, pero por detrás de la risa estaba el nerviosismo. Pareciera que nos habían echado aquella maldición de: «Ojalá vivas tiempos interesantes».

Luego, una tras otra, las torres gemelas cayeron al suelo como si fueran castillos de arena en una playa y alguien les hubiera propinado una patada. Era una destrucción de una dimensión tan grande que hasta muchos días después quienes no conocían esos rascacielos no pudieron hacerse una idea de cómo de grande fue el desastre.

Todo, o casi todo el mundo que tuviera uso de razón, recuerda dónde estaba aquel día de septiembre de 2001, porque ese día también estableció una especie de frontera entre el «antes» y el «después». No sólo los estadounidenses quedaron conmocionados, sino que lo mismo le pasó al resto del mundo, porque si podía pasar una cosa como aquella es que podía pasar cualquier cosa a partir de ahí.

Y pasaron.

¿Tanto hemos cambiado?

¿Cuándo fue la última vez que compré un periódico en papel? O ya puestos, ¿cuándo fue la última vez que compré un periódico de cualquier tipo? Me suelo quejar de que la información que se nos proporciona cada día es de peor calidad, pero ¿antes era de mejor calidad? Es un tema de debate recurrente, y ahora no estoy para entrar en eso.

En estos seis lustros, a la fuerza, hemos cambiado nuestras costumbres, no sólo forzados por la edad, sino también porque la sociedad ya no es la misma. No había teléfonos móviles (bueno, había, claro, pero su uso no se había extendido tanto todavía), y eso seguramente lo cambiaba todo. Quedabas con la gente llamando a un número de teléfono de una casa; salías de casa y estabas completamente incomunicado a menos que te diera por llamar desde una cabina. Incluso te ibas de viaje y tu familia debía esperar a que dieras señales de vida desde donde sea.

Una conferencia telefónica costaba una cantidad significativa de dinero, y ya no hablemos una conferencia internacional. Enviabas una postal, o escribías una carta. Esa era nuestra mensajería entonces. Esperar varios días para poder leer esa postal o esa carta era lo más normal. Eso cuando no se perdían, claro.

Por entonces los curritos utilizábamos los últimos vehículos sin aire acondicionado de serie o sin airbags, algo que ahora sería impensable, aunque alguno que otro se sigue viendo por esas carreteras como una rareza.

Y se pagaba más con dinero en efectivo, aunque las tarjetas de crédito o débito estuvieran a la orden del día. Ahora cualquiera va y paga un café con tarjeta, pero eso es algo que en 1997 no se te pasaba por la cabeza.

Y se iba más al cine, aunque hubiera vídeos y empezaran a aparecer los primeros modelos de DVD. Entonces éramos socios de un videoclub de barrio, o del Blockbuster, más sofisticado. Rebobinábamos aquellas cintas VHS usadas una y otra vez por gente que sistemáticamente las devolvía sin rebobinar, para al final acabar viendo una película con una calidad más que dudosa. Hoy todo es streaming, archivo y online, y los televisores son panorámicos, con una resolución tremenda y un tamaño aún más tremendo. ¿Así quién va a querer meterse en una sala de cine para ver una película con un tipo comiendo pipas al lado y unos críos montando jaleo tres filas más atrás?

Gastábamos un carrete de fotos, normalmente de veinticuatro o treinta y seis, lo mandábamos a revelar y nos aguantábamos con lo que obteníamos, porque aquello que queríamos retratar, ese cumpleaños, esa novia en la playa, ese viaje, ya había pasado, y aquellas fotos, buenas o malas, era cuanto nos quedaba para el recuerdo. Muy pronto después de aquello, al empezar la década de los dosmiles, se popularizaron las cámaras digitales, y el carrete analógico fue desapareciendo de las casas y se quedó para uso de profesionales y artistas de la fotografía.

Con todo, las casas empezaron a parecer museos de la tecnología obsoleta. ¿Quién no guarda un radiocassette, un walkman, un diskman, un vídeo VHS, un reproductor de DVD, algún reproductor de mp3…? Aparatos que ya no se usan, que nadie quiere, pero que en su día costaron su buen dinero y muchos se resisten a tirar.

Me centro demasiado en la tecnología, lo sé, pero es que la parte que más me interesa, el cuánto hemos cambiado como sociedad, como individuos a lo largo de estos años, cómo han cambiado el pensamiento, la ideología, las preocupaciones cotidianas, el sentir sobre nuestro propio papel en la sociedad, todas esas cosas, son las que más me cuesta recordar o describir. Por lo tanto, y sin mucha esperanza de recibir un gran número de respuestas, dejo abiertos los comentarios en esta entrada para que cada cual aporte lo que mejor le parezca sobre el tema.

1997

Qué extraño resulta volver a recordar el año 1997 en el que empezó todo esto. Por entonces nos maravillábamos bajando las primeras canciones por aquel Internet de módem con ruiditos y línea telefónica ocupada. Bajar una sola canción podía alargarse durante más de una hora y acababa costando más en teléfono y conexión (que sí, se pagaban aparte) de lo que realmente podía costar esa canción comprando el disco. Mientras tanto, muchos se preguntaban si eso de Internet merecía la pena o era sólo otro capricho caro para frikis, ya que aparte del correo electrónico y algunas páginas y foros, poco más podía encontrarse allí que interesara al público en general. La mayoría se conformaba con conseguir que su ordenador no se colgara constantemente, cosa que era muy habitual en aquellos tiempos del Windows 95.

Siempre me he preguntado qué pensaría la gente de 1997, qué pensarías tú, de poder ver el Internet de ahora, omnipresente, superveloz, imprescindible, obligatorio. Supongo que junto con los teléfonos móviles, de los que ya hablaremos en otra ocasión, Internet es la cosa que más ha cambiado la forma de ver el mundo en los últimos treinta años.

Pero en 1997, como digo, todavía era casi una rareza. Ahora algunos nos entretenemos en fantasear sobre cómo sería nuestra vida si renunciáramos a esta conectividad casi impuesta, pero lo hacemos un poco como el urbanita que fantasea con volver a la vida en el campo, o como el hombre moderno que fantasea con volver a la prehistoria.

En 1997, Rusia se retiraba de Chechenia tras una sangrienta guerra que había conmocionado a Occidente por su salvajismo. Dos años después Rusia volvería a la carga, apoderándose de facto del pequeño país del Cáucaso. Si te digo la verdad, en ese aspecto poco hemos cambiado: Rusia lleva desde entonces intentando recuperar su perdido imperio soviético, de la mano del mismo tipo que entonces: Vladimir Putin. El mundo venía de concluir algunas de sus guerras famosas de los últimos años, como la del Golfo, Bosnia, la misma Chechenia, y estaba a la espera de empezar otras que vendrían poco más adelante.

En España, ETA seguía a lo suyo, secuestrando y matando gente, pero algunos de esos crímenes le iban a salir más caros de lo que esperaban, porque cuando en el verano del 97 mataron a Miguel Ángel Blanco, la explosión de indignación popular superó cualquier previsión. Aun así, faltaban entonces muchos años para que se terminara con ETA, e incluso hoy, todavía estamos esperando a que algunos dejen de utilizar el argumento de la extinta ETA para apuntalar su ideología.

También fue el año que murieron Lady Di, Teresa de Calcuta, Narciso Yepes, el dictador Mobutu… en fin, entre muchos otros. A cambio, y según las listas de Internet, nacieron un montón de influencers, raperos, streamers y tiktokers. Y el primero de tus sobrinos.

Aquel 1997, J. K. Rowling (lo que vendría después te sorprenderá, o puede que no) publicaba su primer libro de Harry Potter, con el que una generación de niños se aficionaría a la lectura. Se estrenaron las películas Titanic, Gattaca, Airbag, Full Monty y El quinto elemento, entre muchas otras. Y como a finales de ese año se estrenó La vida es bella. Si lo tomamos en conjunto, yo diría que fue un buen año para el cine.

Por entonces, como sabes, vivíamos en la calle de Alcalá, y nuestra casa era parada y fonda para todos los amigos que subían desde Sevilla a coger aviones en Madrid. Sería por aquella época cuando deportaron a Alfonso de los EEUU por trabajar de inmigrante ilegal (aquí pegaría un emoticono sonriente porque sé que, de leer esto, él también se sonreiría). Se fue una mañana muy contento para Nueva York, y volvió al día siguiente todo amargado y demacrado, aunque al final la jugada le salió bien, porque se acabó casando con su novia de siempre, y allí sigue, con dos hijos que ya son dos adultos más americanos los dos que el águila imperial. Por cierto, que Alfonso se casó en una bonita y antigua iglesia inglesa con el mismo traje tan elegante que tú llevabas en nuestra boda.

También fue por entonces cuando, alertado por una llamada muy sospechosa de uno de mis compañeros de trabajo de entonces, recorrí Madrid de punta a punta en el coche para encontrarme con que había intentado suicidarse con pastillas. Si no me hubiera dado por ir y montar un pollo en Villaverde Bajo con la policía y los bomberos del que los vecinos todavía se deben estar acordando, estoy bastante seguro de que no habría sobrevivido, y por lo último que sé de él, aún vive, así que mira. Fueron justo los días después de haberte perdido, y la verdad es que vivíamos bastante traumatizados. Necesitaba un descanso para la mente, pero por lo visto la vida nos tenía reservada otra cosa.

Poco antes del final de ese año tuvimos la gran nevada del puente de la Constitución, que como buenos madrileños de adopción nos pilló en la carretera. Por suerte pasamos justo a tiempo, porque de lo contrario hubiéramos dormido en el penal de Ocaña, como le pasó a otra mucha gente, con nuestro bebé de dos meses. Aquel día le cogí a nuestro humilde Opel Kadett más cariño del que ya le tenía, porque se portó como un jabato sobre la nieve. Con todos sus achaques, aquel Opel Kadett nos acompañaría durante nuestros años en Madrid y nos llevaría de vuelta a Sevilla.

Cuando acabó 1997 estábamos deseando que terminara ese año que empezó con muchas promesas, que nos trajo a nuestro niño, pero que terminó de una forma aciaga para nosotros.

Treinta años no es nada

Dentro de algunos meses hará treinta años que ya no estás entre nosotros. Parece poco, se dice pronto, pero es toda una vida. Los recuerdos se difuminan, se endulzan o se desvanecen, pero sigues en nuestra memoria, y lo harás mientras sigamos vivos. He querido empezar esta página para ir hilvanando esos recuerdos y también para contar mi particular punto de vista sobre los acontecimientos de este presente tan largo, que se extiende desde el momento que nos dejaste hasta ahora. Si lo conseguiré o no, si esto llegará a algo, no lo sé, ya conoces mi falta de disciplina con todo, pero allá voy.

Decía Gardel que veinte años no es nada. Ni treinta tampoco. Escuchábamos aquellas letras de jóvenes, pero uno no se da cuenta del significado profundo que contienen hasta que los años se le echan encima. Los que morís jóvenes os libráis de toda la miseria que conlleva hacerse mayor, aunque no voy a decir ni por un momento que envidie tu suerte, una mala suerte que llevo todo este tiempo lamentando. Bueno, como decía, con la edad empiezo a notar que el tiempo corre más deprisa, como si estuviera haciendo un sprint para llegar al inevitable final. No le tengo miedo a ese final, aunque cada vez vea el umbral más grande, más imponente, y me sienta más pequeño, impotente y empujado de forma vertiginosa hacia él.

Tampoco quiero ponerme excesivamente lúgubre, porque no es el objeto de este sitio, página, cosa. El otro día me crucé con Esther, a la que no veía prácticamente desde el principio de esta historia de treinta años, me reconoció en seguida, aunque yo no a ella, y tuvo un recuerdo para ti. La gente sigue recordándote, así que en el sentido romano de la vida, todavía conservas el hálito del recuerdo en los demás. No está mal. Dudo que, si me muriera ahora mismo, dentro de treinta años alguien se acordara de mi fuera de las paredes de mi casa. Tampoco puedo decir que me importe mucho.

Han pasado tantas cosas en estos treinta años… No reconocerías el mundo si lo vieras, y lo más probable es que no te gustara el cambio que ha dado. A mí en conjunto no me gusta, la verdad. Hemos cambiado mucho para mejor en insignificancias y seguimos igual de mal en lo importante. Siento decirte que la gente se sigue muriendo de lo tuyo, que al final los De Lorean no vuelan y que los tomates siguen sin saber a nada. Sin embargo ahora estamos todos conectados, aunque no queramos. Cargamos un curioso (en un sentido muy literal) aparato en el bolsillo que nos controla más de lo que nosotros lo controlamos a él, las cámaras nos vigilan por la calle por nuestra seguridad, y en muchos aspectos esto se parece más a una novela de Orwell de lo que a algunos nos gustaría. Las guerras van y vienen, aunque por suerte, ninguna demasiado cerca de casa, y la gente sigue viviendo en su constante crisis económica, social y cultural, en un mundo tan cambiante y frenético que no te deja pensar, aunque al final todo es siempre lo mismo.

El otro día, ordenando papeles, encontré algunas de tus cartas del año 92 y 93. Eran cartas que me enviabas cuando estuve trabajando en Cataluña, y ahí siguen, guardadas para la posteridad, mientras que ninguno de los mensajes que la gente se intercambia en la actualidad suele sobrevivir más allá de unos días. Al final seremos una sociedad sin correspondencia antigua que leer, sin fotografías antiguas con las que recordar, conectados permanentemente a un presente inmaterial, electrónico, sin pasado. Creo, incluso, que debería imprimir estos textos, porque como te digo, considero que no hay nada más ficticio que esta existencia electrónica, virtual, de las cosas, pero un papel siempre es un papel, aunque sea a la hora de pegarle fuego para encender la chimenea.

Bueno, creo que de momento, para ir abriendo boca, esta pequeña introducción puede ser suficiente. Más adelante, si es que no me arrepiento y lo destruyo todo (y no sería la primera vez) seguiré contando cosas de estos últimos treinta años, seis lustros, y puede que con alguna de ellas ese tú de mi recuerdo anclado en 1997 pueda al menos reírse un rato de lo estúpidos que nos hemos vuelto, admirarse de lo mucho que hemos avanzado u horrorizarse de que sigamos siendo tan incivilizados como siempre.

Nos vemos pronto, de una forma u otra.