Explotaviones

-Ya estoy harto de los explotaviones.

Era una tarde de finales del verano de 2001, y mi señora y yo mirábamos la televisión sin darnos cuenta siquiera del tiempo que pasaba. Una y otra vez las mismas escenas. Una y otra vez aquellos aviones enormes empotrándose dentro de aquellos rascacielos enormes, entrando en estos como si fueran edificios hechos de mantequilla, y ellos una especie de cuchillos voladores con alas. Luego, por el otro lado de los edificios, la física ponía en orden aquel contrasentido, expulsando una bola de fuego y escombros digna de un estudio de efectos especiales para una película de acción o de guerra.

Los comentaristas, reporteros, asesores, tertulianos… se diría que hasta el de la contrata de limpieza de los lavabos de la televisión tenía algo que decir al respecto, pero nosotros, salvo algún comentario que otro, estábamos callados. Yo diría que paralizados. Mecánicamente habíamos recogido al niño «mayor» del colegio, y al menor de la guardería. A este último ya con un poco de premura, tras conocer que otro avión se había estrellado contra el Pentágono. Con la base de Torrejón al lado, mi opinión era que, en fin, mejor juntitos por si pasaba lo que fuera.

«-Esta no es la odisea espacial que nos habían prometido», pensaba una y otra vez mientras tomaba café espantado delante del televisor. «-Nos vamos a ir todos a la mierda» también era un pensamiento recurrente durante toda aquella tarde y noche. Pero quien mejor expresó su opinión fue mi hijo mayor, quien con cuatro años a punto de cumplirlos, nos dijo:

«-Ya estoy harto de los explotaviones.»

Nos reímos, claro, porque era una de sus ocurrencias, y solía tener salidas como esa, pero por detrás de la risa estaba el nerviosismo. Pareciera que nos habían echado aquella maldición de: «Ojalá vivas tiempos interesantes».

Luego, una tras otra, las torres gemelas cayeron al suelo como si fueran castillos de arena en una playa y alguien les hubiera propinado una patada. Era una destrucción de una dimensión tan grande que hasta muchos días después quienes no conocían esos rascacielos no pudieron hacerse una idea de cómo de grande fue el desastre.

Todo, o casi todo el mundo que tuviera uso de razón, recuerda dónde estaba aquel día de septiembre de 2001, porque ese día también estableció una especie de frontera entre el «antes» y el «después». No sólo los estadounidenses quedaron conmocionados, sino que lo mismo le pasó al resto del mundo, porque si podía pasar una cosa como aquella es que podía pasar cualquier cosa a partir de ahí.

Y pasaron.

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