Madrid

He vivido en Madrid durante un buen montón de años, casi una década. Allí alquilamos nuestra primera vivienda, luego compramos nuestro primer piso, y allí empezamos a vivir realmente como adultos independientes. Sin embargo, yo no puedo decir que le tenga cariño a Madrid, ni que añore los años que pasamos allí. Y esto no quiere decir que lo mío sea «madrifobia», «madrileñofobia» o cualquiera de los nuevos palabros inventados para denostar esa pobre ciudad destruida y a los que tratan de sobrevivir dentro de ella.

No. Yo fui en primer lugar a Madrid por razones de trabajo. No creo que haya mucha gente que, puestos a elegir y sin un apego previo por nacimiento o familia, decida irse a vivir a Madrid. Y por trabajo conocí un Madrid que lo mismo no se parece mucho al que ven los turistas: el Madrid de las galerías de servicio, de las carboneras en semisótanos de bloques de antes de la guerra, de los barrios obreros de la periferia y sus bares tempraneros. El Madrid de los noventa, porque allí pasé casi toda aquella década.

Recuerdo como si hubiera sido ayer cuando pisé Madrid por primera vez. Subí a un taxi con una dirección apuntada en un papel, y el taxista, hombre amable donde los haya, me enseñó Neptuno, la Cibeles, la Puerta de Alcalá, de nuevo la Cibeles… Yo asistía encantado a la ruta turística, porque ciertamente, me faltaban la gallina y el queso para ser el arquetipo del cateto recién llegado a la capital. Mi improvisado guía turístico no me enseñó la Puerta del Sol, imagino que porque se le olvidaría o porque le estaban esperando para cenar, pero se lo perdono. Los nombres de avenidas, calles y plazas de los que había oído hablar desde siempre, los edificios imponentes, el tráfico de vehículos y de gente, todo me parecía fascinante. Entonces no sabía que Madrid me acabaría desagradando tanto.

No es culpa de la gente, por supuesto. Madrid impone un ritmo de vida que para mí es insufrible, con esas prisas que se contagian. Cuando volvía de vacaciones siempre me decía: «voy a resistirme a las prisas de esta gente», pero era imposible; a los dos días ya estaba acelerado como el que más. ¿Por qué esas prisas? Nunca lo he acabado de entender. Incluso, años después, al volver de visita o por algún tema de trabajo puntual, al pasear por la ciudad sentía de nuevo esa punzada de ansiedad, ese apretar el paso para no perder el ritmo de los demás.

Como digo, conocí un Madrid poco parecido al Madrid turístico, y sin embargo al marcharme había dejado sin visitar muchos de los lugares emblemáticos que siempre tienen en la puerta una cola de turistas. No me importa, la verdad. Además, cuando vivíamos allí siempre estábamos tan justos de dinero que no teníamos más que para ir tirando. No nos quedaba dinero para excentricidades como salir a comer fuera o hacer turismo.

Pagábamos por nuestra primera hipoteca la friolera de 95.000 de las antiguas pesetas, alrededor de 570€, pero claro, de eso hace más de veinticinco años. Incluso ahora, la hipoteca que pagamos es menor de esa cifra. Supongo que ahí se fueron todas las cenas en restaurantes, visitas a museos y caprichos que deberíamos habernos dado cuando éramos jóvenes. Todo se lo quedó el Santander.

Y aunque en el madrileño típico hay un cierto esnobismo, un je ne sais quoi de superioridad sobre la gente «de provincias», un marchamo de españolidad de primera clase, también es verdad que todo esto no es más que un tópico, porque luego resulta que hay gente para todo, y que la mayor parte de la gente, imagino, se conforma con sobrevivir a la vorágine como hacía yo cuando vivía allí.