Una casa en las afueras

Igual que Merryl Streep en Memorias de África, yo podría empezar esta entrada contando así, con voz melódica, casi susurrando, aquello de: «Yo tenía un piso en Coslada, al pie de la salida de la M40…»

Como he contado en entradas anteriores, vivíamos en aquel pisito que ni siquiera era nuestro, que era del Santander, donde nunca daba el sol (Qué habilidad tienen en Madrid para que en los pisos de los tiesos nunca dé el sol) y que nos costaba casi las dos terceras partes de nuestra hacienda, lo que nos dejaba para comer, para pañales y poco más. Éramos felices, sí, pero a pesar de todo esto.

Para más inri, recién llegados a aquel bloque, una reunión de vecinos me declaró presidente de la comunidad, supuestamente porque me tocaba. Una comunidad de 40 pisos donde lo habitual además era la derrama. En el par de años que pasamos allí no hubo mes en el que no hubiera que pagar una derrama para algo, lo cual no deja de ser irónico si tenemos en cuenta el estado de degradación en el que encontramos el bloque, su entorno y en general todo el barrio cuando en 2019 nos dio por darnos una vuelta por allí para recordar viejos tiempos. Según nos contaron algunos vecinos se habían producido hasta tiroteos dentro del bloque. Supongo que tuvimos buen ojo para irnos antes de que todo se fuera a la mierda. O buena suerte, a saber.

Ser presidente de un bloque de viviendas grande es una de esas cosas que te puede dejar un síndrome de estrés postraumático como si hubieras estado en Vietnam armado sólo con un tirachinas. El constante ir y venir de vecinos a la hora de la comida, a la hora de la cena, A LA HORA DE LA SIESTA, a decirte que «es que hay una bombilla fundida en el cuarto piso, para que la cambies», y estupideces similares era algo de lo que todavía no me he repuesto, y va para veinticinco años que salimos de allí.

Por eso, cuando dos días después de aquel día tremendo del 11 de septiembre de 2001 me dieron mi papel de traslado a Sevilla, lo tuve claro desde el primer momento:

«-A Dios pongo por testigo, aunque tenga que robar o matar, a Dios pongo por testigo que jamás volveré a vivir en un piso.»

Y exceptuando algunos meses que estuvimos en un piso de alquiler para ir buscando una residencia definitiva, ese juramento se ha cumplido. Siguiendo la tónica social del matrimonio bien colocado, con posibles aunque pocos, decidimos reinvertir las cuatro perras que sacamos por el piso de Coslada en meternos en una casita que encontramos en un pueblo de los alrededores de Sevilla, donde todavía seguimos y de donde he jurado varias veces que me sacan con los pies por delante, porque éste que escribe no piensa mudarse de nuevo nunca jamás de los jamases.

Vivir en una casita en las afueras (esto, claro, no son las afueras: esto está a tomar por culo de las afueras, pero dejadme con mi lírica) tiene sus pros y sus contras. La sociedad de los pueblos es más acotada, pero conoces a más gente, y ninguno de estos hechos antedichos debe tomarse como un «pro» a priori. Mi escaso interés en entablar relaciones sociales hace que en ese aspecto me dé un poco igual vivir aquí, en el centro de Sevilla o en la cima del Annapurna. La mayor interacción social tiene sus ventajas, no lo niego, pero también muchos inconvenientes. Una vez, mi señora comentó: «-Aquí todo el mundo se sabe la vida de los demás, y lo que no saben, se lo inventan». Gran verdad.

En otra ocasión, si es que me entran ganas de ello, podría hablar de ese elefante blanco que es la política local en los pueblos, donde un alcalde es prácticamente un pequeño dictador que hace y deshace a su antojo y donde al adversario político se le puede negar el pan y la sal, hasta el punto de tener que renunciar a cualquier beneficio social que el ayuntamiento pudiera aportarle si no es de la misma cuerda del que manda, o de la doble vara de medir a la hora de hacer cumplir o no las ordenanzas municipales. Pero como digo, dejemos eso para otro día.

Porque sí, amigos, yo he venido aquí a hablar de los «pros». De la comodidad de una casa grande, sin vecinos arriba o abajo, sin pagar comunidad ni derramas, donde tú decides qué se hace y qué no en tu propia casa. Eso, iba a decir que no tiene precio, pero en realidad pecaría de iluso si lo dijera. Aparcar tu coche en la puerta o a menos de veinte metros de ella también es algo que cualquier madrileño o incluso sevillano de capital podría llegar a valorar. Cuántas veces habré tenido que hacer memoria de dónde cojones había tenido que ir a aparcar el coche el día anterior cuando vivía en Madrid. No importa si de cuando en cuando se va la luz, o si alguna que otra vez nos hemos quedado sin agua, o el tener que hacer un montón de kilómetros para ir al trabajo o para ir a estudiar. Todo lo compensa el no vivir en un piso.