Algo realmente bueno que tiene el hacerse mayor (ciertamente, algo tenía que haber) es la capacidad de poder elegir con qué gente te relacionas y, sobre todo, con qué gente no. Una de mis frases favoritas desde hace tiempo es: «Bueno, he vivido 57 años sin tener nada que ver contigo; podría fácilmente vivir otros 57 así». No quiero decir con esto que con la madurez haya caído en la misantropía. No, yo ya había caído en la misantropía cuando era jovencito. La verdad, es un gran alivio no tener que ver a gente que te desagrada, y sobre todo no tener que ir a sitios a los que no quieres ir. Tanto es así que algunas veces me pregunto por qué nos vemos sometido a tantos compromisos. Al final se trata de una decisión personal: mantener tu vida social a toda costa o renunciar a una parte de ella para hacer sólo lo que realmente quieres hacer.
A lo largo del tiempo he conocido gente muy, muy rara. Son ejemplares que desafían la tónica general, que se salen de lo común, casi nunca para bien, tengo que decirlo. Desde el integrista católico hasta la militante del Grapo, pasando por una pléyade de presuntos intelectuales y personajes que sólo saben hablar de sí mismos y sus interminables problemas. Son pocos si los comparamos con el total de gente que uno llega a conocer en la vida, pero generan un ruido de fondo que estropea la melodía.
Todavía recuerdo a aquel arqueólogo que reunía en su persona los peores «ista» con los que se pueden definir a una persona, entre los que destacaban, por supuesto los de machista y egoísta. ¿Por qué tenía que sufrirlo? Pues porque estaba pegado al grupo de amigos con los que salía como un moco seco se pega a una nariz. O aquella mujer que era incapaz de dejar de hablar y a la que yo llamaba para mis adentros «la ametralladora», porque era como una ráfaga de MG-42 que no te dejaba levantar la cabeza y a la que no se le acababa nunca la munición. Para todo tenía un opinión, la señora, y la suya siempre era la buena. Como se suele decir ahora, era gente que te estropeaba la experiencia, y allá donde debías haberlo pasado bien, lo acababas recordando como un suplicio en el que no veías la hora de irte.
Tampoco quiero que penséis que he venido aquí a hablar mal de nadie. Ya me cuidaría yo de dar nombres, incluso en el caso de que me acordara de ellos. Sólo quería desahogarme un poco y largar fiesta sobre ese tipo de gente insoportable. Que sí, que yo seré muy probablemente el insoportable de alguien, pero oye, que con no verme ese alguien tiene bastante.
En fin, qué os voy a contar. Ayer mismo alguien me comparaba con el Probe Migué, que hase musho tiempo que no sale. Bueno, comprendo perfectamente al Probe Migué, quien seguramente lo único que quiere es que le dejen tranquilo.
Comentarios abiertos para que también vosotros podáis largar fiesta sobre la gente a la que no aguantáis.