Treinta años no es nada

Dentro de algunos meses hará treinta años que ya no estás entre nosotros. Parece poco, se dice pronto, pero es toda una vida. Los recuerdos se difuminan, se endulzan o se desvanecen, pero sigues en nuestra memoria, y lo harás mientras sigamos vivos. He querido empezar esta página para ir hilvanando esos recuerdos y también para contar mi particular punto de vista sobre los acontecimientos de este presente tan largo, que se extiende desde el momento que nos dejaste hasta ahora. Si lo conseguiré o no, si esto llegará a algo, no lo sé, ya conoces mi falta de disciplina con todo, pero allá voy.

Decía Gardel que veinte años no es nada. Ni treinta tampoco. Escuchábamos aquellas letras de jóvenes, pero uno no se da cuenta del significado profundo que contienen hasta que los años se le echan encima. Los que morís jóvenes os libráis de toda la miseria que conlleva hacerse mayor, aunque no voy a decir ni por un momento que envidie tu suerte, una mala suerte que llevo todo este tiempo lamentando. Bueno, como decía, con la edad empiezo a notar que el tiempo corre más deprisa, como si estuviera haciendo un sprint para llegar al inevitable final. No le tengo miedo a ese final, aunque cada vez vea el umbral más grande, más imponente, y me sienta más pequeño, impotente y empujado de forma vertiginosa hacia él.

Tampoco quiero ponerme excesivamente lúgubre, porque no es el objeto de este sitio, página, cosa. El otro día me crucé con Esther, a la que no veía prácticamente desde el principio de esta historia de treinta años, me reconoció en seguida, aunque yo no a ella, y tuvo un recuerdo para ti. La gente sigue recordándote, así que en el sentido romano de la vida, todavía conservas el hálito del recuerdo en los demás. No está mal. Dudo que, si me muriera ahora mismo, dentro de treinta años alguien se acordara de mi fuera de las paredes de mi casa. Tampoco puedo decir que me importe mucho.

Han pasado tantas cosas en estos treinta años… No reconocerías el mundo si lo vieras, y lo más probable es que no te gustara el cambio que ha dado. A mí en conjunto no me gusta, la verdad. Hemos cambiado mucho para mejor en insignificancias y seguimos igual de mal en lo importante. Siento decirte que la gente se sigue muriendo de lo tuyo, que al final los De Lorean no vuelan y que los tomates siguen sin saber a nada. Sin embargo ahora estamos todos conectados, aunque no queramos. Cargamos un curioso (en un sentido muy literal) aparato en el bolsillo que nos controla más de lo que nosotros lo controlamos a él, las cámaras nos vigilan por la calle por nuestra seguridad, y en muchos aspectos esto se parece más a una novela de Orwell de lo que a algunos nos gustaría. Las guerras van y vienen, aunque por suerte, ninguna demasiado cerca de casa, y la gente sigue viviendo en su constante crisis económica, social y cultural, en un mundo tan cambiante y frenético que no te deja pensar, aunque al final todo es siempre lo mismo.

El otro día, ordenando papeles, encontré algunas de tus cartas del año 92 y 93. Eran cartas que me enviabas cuando estuve trabajando en Cataluña, y ahí siguen, guardadas para la posteridad, mientras que ninguno de los mensajes que la gente se intercambia en la actualidad suele sobrevivir más allá de unos días. Al final seremos una sociedad sin correspondencia antigua que leer, sin fotografías antiguas con las que recordar, conectados permanentemente a un presente inmaterial, electrónico, sin pasado. Creo, incluso, que debería imprimir estos textos, porque como te digo, considero que no hay nada más ficticio que esta existencia electrónica, virtual, de las cosas, pero un papel siempre es un papel, aunque sea a la hora de pegarle fuego para encender la chimenea.

Bueno, creo que de momento, para ir abriendo boca, esta pequeña introducción puede ser suficiente. Más adelante, si es que no me arrepiento y lo destruyo todo (y no sería la primera vez) seguiré contando cosas de estos últimos treinta años, seis lustros, y puede que con alguna de ellas ese tú de mi recuerdo anclado en 1997 pueda al menos reírse un rato de lo estúpidos que nos hemos vuelto, admirarse de lo mucho que hemos avanzado u horrorizarse de que sigamos siendo tan incivilizados como siempre.

Nos vemos pronto, de una forma u otra.